La mano del Traidor

Este es el ultimo libro del comisario Cain. En la cronologia, el tercero de sus titulos. Y el libro es flojito. Lo siento porque desde el primer libro, que me parecio genial y muy bueno, la cosa ha ido flojeando poco a poco. Asi el segundo libro se podia leer y no estaba mal, este ultimo esta falto de accion y se ha perdido frescura, risas y se ha vuelto vulgar. Es una pena. Si sigue la saga, esperemos que retome un poco el vuelo y que vuelva a ser lo que en el primer libro nos enamoro de este comisario algo fuera de lo comun.

PUNTUACION:4,5

Los Sintrianos – Parte Cuarta

Aqui teneis la cuarta parte de mi relato de Guaria Imperial del regimiento de los sintrianos. Podeis encontrar lo que ya esta publicado en mi pagina llamada: Los Sintrianos. Espero que os vaya gustando y que la sigais. Cada semana ire publicando uno o dos partes más. O al menos esa es mi intención.

El comisario Ades era un hombre alto, de constitución fuerte y con un pelo muy oscuro. Su cara reflejaba la dureza de su cargo y de las muchas batallas en las que había ya combatido. Sus ojos reflejaban como buen comisario una templanza y rectitud que provocaban en el resto una reacción de terror.

Vestía una larga gabardina plomiza con tonos rojizos y la gorra comisarial. Al cinto una espada sierra con una decorada empuñadora plateada asomaba al compas de los pasos cortos pero seguros que daba el comisario. Al cuello llevaba una medalla plateada con el símbolo imperial, el águila de dos cabezas.

– “Saludos gobernador y resto de consejeros. Espero que ya esté todo solucionado y comencemos enseguida con los preparativos” dijo Ades echando un vistazo a toda la sala con un suave y estudiado movimiento de cabeza.

– “Vengo para darles el modelo imperial que seguiremos para llevar a cabo el reclutamiento. No tenemos tiempo que perder. Debo partir en diez días con los tres regimientos” continuo Ades volviendo la mirada hacia Utrech.

El comisario noto el sudor que corría por los pómulos del gobernador y noto como su mirada por un pequeño instante se fijaba en el anciano que estaba allí de pie, a unos tres metros del gobernador. El comisario se giro con una curiosidad estudiada y echo un vistazo a la figura de Claudius.

– “Perdone, creo que no nos han presentado” dijo Ades.

Un incomodo silencio se prolongo unos instantes en la sala. El comisario se acerco curioso al anciano observándolo. Se detuvo a un par de metros de él.

– “Usted debe ser el consejero Rednar si no me equivoco” dijo el comisario con una voz implacable.

– “Si lo soy, comisario” contesto con un reproche de ira en la mirada Rednar.

– “Tengo entendido que no está de acuerdo con las ordenes que el magnánimo Emperador de Terra ha destinado a su planeta”

El comisario dejo unos segundos para causar mayor impacto y continúo:

– “Espero que solo haya sido un mal entendido y que no esté interfiriendo en la decisión del Emperador.”

La mente del anciano pensaba en abalanzarse sobre el comisario pues sentía una ira incontrolable pero sabía que eso supondría su muerte en unos segundos. Aguanto toda su ira y comenzó a hablar tras tragar saliva:

– “Jamás osaría negarme a la sabiduría de nuestro Emperador. Soy uno de sus más fervientes adeptos. Desde que tengo consciencia, soy un devoto de la ley imperial y la cumplo siempre que es justa. Pero también creo que esa ley no siempre es correcta y que a veces se debe, como decirlo, interpretar de otra forma. Las leyes están para ayudar al Imperio y al pueblo, no para que los gobernadores y el consejo de Terra se beneficie a costa de la humanidad.”

El rumor creció entre el resto de los allí reunidos. El comisario se abalanzo hacia el consejero y lo agarro de la túnica a la altura del cuello.

– “Como osa decir esas injurias del gran Consejo de Terra. Lo matare aquí mismo por lo que acaba de decir. Sucio traidor” Grito enérgicamente llevándose la otra mano a la empuñadora de la espada.

– “Comisario espere” ordeno la mujer que le acompañaba. Su voz sonaba con un pequeño acento que la hacía muy melodiosa pero a la vez mostraba fuerza y determinación.

– “No creo que el consejero Claudius Rednar sea un traidor, comisario. Únicamente esta algo… aturdido por los acontecimientos” explico la mujer.

– “Señora acaba de despreciar el poder de Terra. Es mi deber aplicarle castigo” contradijo el comisario volviendo la mirada hacia ella.

– “Estoy de acuerdo que merece un castigo, pero quizás la muerte sea demasiado… fácil. Creo que, además, por su cargo, deberíamos meditarlo con más tranquilidad. No lo cree así comisario.

La sala de reuniones era un total silencio en esos momentos. Todas las miradas estaban fijadas en el comisario y el débil consejero. Tras unos segundos el comisario soltó al consejero con desprecio y se volvió hacia su sequito.

– “Soldados arresten al consejero Rednar y llévenle a sus aposentos bajo acusación de traición. Luego decidiré su castigo.”

Dos soldados del sequito se apartaron y lo escoltaron hasta la puerta. Antes de salir del salón Claudius Rednar giro la cabeza y exclamo:

– “El Emperador protege. Jamás me considerare un traidor al Emperador.”

Y salió por la puerta con un orgullo en su mirada que provoco un gruñido en el comisario.

Los Sintrianos – Parte Primera

“Un guardia imperial con un rifle laser es un buen efectivo de combate. Un millar de ellos se convierte en una poderosa fuerza de combate. Un millon, es la más poderosa arma del Imperio.”

Comisario Galan Fresk

En la fundación del VII Regimiento de Sintria.

CAPITULO 1 – La Fundación.

Sintria era un planeta primordialmente minero. Toda su economia se basaba en las enormes minas de metales pesados, forjas y altos hornos donde se produccia ceramita, material utilizado para las armaduras de los magnificos marines espaciales y en los pozos de oleoproductos que las refinerias trataban para producir combustible para los vehiculos imperiales.

Era un planeta oscuro, cubierto siempre por unas extensas nubes negras como el azabache, producto de la contaminación industrial permanente del planeta.

Sus habitantes vivian junto a las propias minas en pequeñas ciudades-fortaleza con muros de plastiacero que rodeaban todo su perimetro.

Estos humanos eran de piel blancuzca, morenos, de corpulencia fuerte y presumian por ser muy devotos del Dios Emperador. Su sacrificio era tal por el Imperio, que su tasa de impuestos era muy superior a otros planetas mucho más importantes que Sintria. Daba más dinero y producción que planetas el doble o triple de importantes que él. Ese era el modo en el que los ciudadanos y dirigentes de Sintria pensaban que era la mejor manera para poder ayudar al Emperador en su conquista de los millones de planetas del Universo. Eso y la devocion que sentia por el Dios-Emperador.

Pese a esta devoción, Sintria, ubicado al sur del Sector Defrenas, era considerado por el imperio planeta de clase C, de muy baja importancia estrategica y economica. Nunca les importo a sus habitantes esta consideracion de planeta mejor porque creian que hacian todo lo que podian por el Imperio.

Esto estaba a punto de cambiar en unos pocos dias.

Hacia una semana que habian llegado diez grandes navios de transporte de la Flota Imperial a la orbita del planeta. Esas inmensas naves no se veain desde la superficie del planeta debido a la contaminacion pero la noticia corria por todas las galerias de las fabricas y los pabellones de los obreros. Solamente una nave tipo Maraunder habia descendido a la superficie del planeta y se habia dirigido al palacio del Embajador en Faranfar, capital de Sintria, en el Continente tres.

En su interior iban altos cargos del imperio. Venian a algo importante, se decia, pero todavia no se sabia nada. Corrian diversos rumores, a cual más disparatado, sobre que hacian aquellos grandes cargueros en aquel olvidado planeta. Sintria solo era visitado por las naves de transporte una vez al mes para cargar todo lo extraido de las minas y el crudo refinado.

¿Que querria el Imperio de Sintria? ¿Por que despues de una semana todavia no se sabia nada?

Los habitantes de Sintria esperaban una respuesta.

Los Sintrianos – Parte Segunda

Palacio Circular del Gobernador en Faranfar, capital de Sintria. Despacho del Gobernador.

– “Señores, me están pidiendo que me deshaga de quince mil de mis mejores hombres, que necesito para trabajar en nuestras minas y refinerías, para mandarlos lejos de aquí para luchar contra el enemigo del Imperio”.

– “No se lo pedimos, se lo ordenamos. Vera, como decírselo, si no es usted, será alguien que ocupara su puesto quien nos los proporcione. Tengo ordenes de crear aquí una nueva fundación de tropas sintrianas y embarcarlas hacia Umbrigde 144 y eso hare, en nombre del emperador y de Terra, cueste lo que cueste.”

– “Esto es inaudito. Necesito esos hombres para que trabajen aquí. Sin ellos, nuestras producción descenderá drásticamente y no podremos llegar a la cuota del diezmo imperial.”

– “Eso gobernador no es problema mío. Yo solo cumplo órdenes y espero por su bien y el de sus conciudadanos, no este negándose a una orden proveniente de Terra. ¿No se opone a la voluntad del emperador verdad, gobernador Utrech?

El gobernador sabía que el comisario tenía todo a su favor y que no podía hacer nada más a riesgo de arriesgar su pellejo. Era conocido por todos que el Imperio no era muy sutil a menudo con los gobiernos y planetas que se oponían a ellos o que solamente mostraban algún desacuerdo. La mano dura del Imperio era temida por todos.

– “Antes deberé convencer al consejo de ello.” Dijo con voz dubitativa y entrecortada el gobernador observando al comisario Ades con sus ojos saltones llenos de derrota.

– “Este planeta está regido por una democracia dirigida por el consejo de los 7 continentes. Son ellos los que deciden todo lo que ocurre en este planeta. Yo soy el portavoz y jefe elegido entre ellos.”

– “Deme sus nombres y le aseguro que votaran a su favor” afirmo el uniformado y engalanado comisario.

El gobernador, sin creer lo que estaba ocurriendo, comenzó a enumerar uno por uno los miembros del consejo, con nombre y apellidos. El servidor que acompañaba al comisario, apunto en una tablilla electrónica cada uno de los nombres.

Tras ello, el comisario se levanto del asiento y antes de salir y de espaldas al gobernador ordeno con voz severa:

– “Convoque su consejo para esta tarde. No tenemos tiempo que perder. Buenos días.”

El gobernador se quedo solo en su espaciosa y lúgubre sala. Se acerco a la cristalera de su sala y observo las fundiciones y fabricas que se extendían hacia el Norte. Su cabeza no podía pensar en otra cosa que no fuera las palabras de intimidación que el comisario acababa de decirle.

Después de llamar a su ayudante para que avisara a los miembros del consejo para celebrar la reunión de carácter urgente, suspiro hondamente y trago difícilmente una copa de licor fuerte.

“Ya no había marcha atrás”, pensó para sí.