Los Sintrianos – Parte Cuarta

Aqui teneis la cuarta parte de mi relato de Guaria Imperial del regimiento de los sintrianos. Podeis encontrar lo que ya esta publicado en mi pagina llamada: Los Sintrianos. Espero que os vaya gustando y que la sigais. Cada semana ire publicando uno o dos partes más. O al menos esa es mi intención.

El comisario Ades era un hombre alto, de constitución fuerte y con un pelo muy oscuro. Su cara reflejaba la dureza de su cargo y de las muchas batallas en las que había ya combatido. Sus ojos reflejaban como buen comisario una templanza y rectitud que provocaban en el resto una reacción de terror.

Vestía una larga gabardina plomiza con tonos rojizos y la gorra comisarial. Al cinto una espada sierra con una decorada empuñadora plateada asomaba al compas de los pasos cortos pero seguros que daba el comisario. Al cuello llevaba una medalla plateada con el símbolo imperial, el águila de dos cabezas.

– “Saludos gobernador y resto de consejeros. Espero que ya esté todo solucionado y comencemos enseguida con los preparativos” dijo Ades echando un vistazo a toda la sala con un suave y estudiado movimiento de cabeza.

– “Vengo para darles el modelo imperial que seguiremos para llevar a cabo el reclutamiento. No tenemos tiempo que perder. Debo partir en diez días con los tres regimientos” continuo Ades volviendo la mirada hacia Utrech.

El comisario noto el sudor que corría por los pómulos del gobernador y noto como su mirada por un pequeño instante se fijaba en el anciano que estaba allí de pie, a unos tres metros del gobernador. El comisario se giro con una curiosidad estudiada y echo un vistazo a la figura de Claudius.

– “Perdone, creo que no nos han presentado” dijo Ades.

Un incomodo silencio se prolongo unos instantes en la sala. El comisario se acerco curioso al anciano observándolo. Se detuvo a un par de metros de él.

– “Usted debe ser el consejero Rednar si no me equivoco” dijo el comisario con una voz implacable.

– “Si lo soy, comisario” contesto con un reproche de ira en la mirada Rednar.

– “Tengo entendido que no está de acuerdo con las ordenes que el magnánimo Emperador de Terra ha destinado a su planeta”

El comisario dejo unos segundos para causar mayor impacto y continúo:

– “Espero que solo haya sido un mal entendido y que no esté interfiriendo en la decisión del Emperador.”

La mente del anciano pensaba en abalanzarse sobre el comisario pues sentía una ira incontrolable pero sabía que eso supondría su muerte en unos segundos. Aguanto toda su ira y comenzó a hablar tras tragar saliva:

– “Jamás osaría negarme a la sabiduría de nuestro Emperador. Soy uno de sus más fervientes adeptos. Desde que tengo consciencia, soy un devoto de la ley imperial y la cumplo siempre que es justa. Pero también creo que esa ley no siempre es correcta y que a veces se debe, como decirlo, interpretar de otra forma. Las leyes están para ayudar al Imperio y al pueblo, no para que los gobernadores y el consejo de Terra se beneficie a costa de la humanidad.”

El rumor creció entre el resto de los allí reunidos. El comisario se abalanzo hacia el consejero y lo agarro de la túnica a la altura del cuello.

– “Como osa decir esas injurias del gran Consejo de Terra. Lo matare aquí mismo por lo que acaba de decir. Sucio traidor” Grito enérgicamente llevándose la otra mano a la empuñadora de la espada.

– “Comisario espere” ordeno la mujer que le acompañaba. Su voz sonaba con un pequeño acento que la hacía muy melodiosa pero a la vez mostraba fuerza y determinación.

– “No creo que el consejero Claudius Rednar sea un traidor, comisario. Únicamente esta algo… aturdido por los acontecimientos” explico la mujer.

– “Señora acaba de despreciar el poder de Terra. Es mi deber aplicarle castigo” contradijo el comisario volviendo la mirada hacia ella.

– “Estoy de acuerdo que merece un castigo, pero quizás la muerte sea demasiado… fácil. Creo que, además, por su cargo, deberíamos meditarlo con más tranquilidad. No lo cree así comisario.

La sala de reuniones era un total silencio en esos momentos. Todas las miradas estaban fijadas en el comisario y el débil consejero. Tras unos segundos el comisario soltó al consejero con desprecio y se volvió hacia su sequito.

– “Soldados arresten al consejero Rednar y llévenle a sus aposentos bajo acusación de traición. Luego decidiré su castigo.”

Dos soldados del sequito se apartaron y lo escoltaron hasta la puerta. Antes de salir del salón Claudius Rednar giro la cabeza y exclamo:

– “El Emperador protege. Jamás me considerare un traidor al Emperador.”

Y salió por la puerta con un orgullo en su mirada que provoco un gruñido en el comisario.

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